La madalena de Proust

La famosa madalena… Todos han oído hablar de ella, pero ¿cuántos saben realmente lo que significa y han leído “En busca del tiempo perdido” (escrito de 1908 a 1922) de Marcel Proust hasta el final? ¿Por qué muchos rehúyen el libro, como si fuera ilegible, difícil, al alcance de pocos? Sin embargo es una obra maestra, una de las más grandes creaciones literarias de la historia, un libro maravilloso, una novela que ofrece reflexiones profundas sobre el arte, extraordinariamente bien escrita, de una fineza, profundidad, sensibilidad, delicadeza que muy pocos escritores han alcanzado en el mundo. Personalmente la he leído tres veces, los siete tomos, en la juventud, la edad madura y, la vejez, hace poco, siempre con el mismo placer. Os animo a leerla encarecidamente.

El gran problema es la traducción, que ha sido un reto para los profesionales. Conviene comprar la edición que tiene la mejor traducción posible. Este interesante artículo os orientará sobre el tema. Por lo que dicen, me inclinaría por la traducción de Carlos Manzano, editado por Lumen, Barcelona. Como no la tengo, he traducido yo misma los fragmentos que reproduzco.

Se comprende que los que no han leído el libro crean que la «madalena» es algo que evoca recuerdos de la infancia y que cada vez que «pensamos» en ello nos acordamos gratamente de ella. A veces, también los que lo han leído lo reducen a algo simplista, como ocurre en la simpática serie documental de la 2 llamada Las recetas de Julie, que tiene unos episodios dedicados a lo que comían grandes artistas o escritores. En el programa titulado: A la mesa de Marcel Proust, emitido el 16-12-20 varias personas se reúnen en el pueblo de Illiers-Combray ―donde la familia de Proust solía ir a menudo, a casa de su tía― para hablar, cocinar y comer juntos lo que se comía en casa del escritor. Julie, muy agradable presentadora, pregunta: « ¿Cuál era vuestra madalena? Una de las repuestas es: Cada vez que como gobios fritos, vuelvo atrás en el tiempo». Esta serie no se dedica al estudio literario, es cierto, pero la participante de los gobios era catedrática de letras modernas y había escrito varios libros sobre Proust…

La casa de la tía Léonie. Foto de l’Écho républicain

De lo que Proust habla es de otra cosa mucho más importante, decisiva en su vida; de hecho, la base de su obra. Lo que se suele llamar «el episodio de la madalena» son en realidad múltiples epifanías, revelaciones repentinas de algo que va mucho más allá del simple recuerdo:

Marcel Proust. À la recherche du temps perdu | Tome I Du côté de chez Swann:

« Ma mère […] envoya chercher un de ces gâteaux courts et dodus appelés Petites Madeleines qui semblent avoir été moulés dans la valve rainurée d’une coquille Saint-Jacques. Et bientôt, machinalement, accablé par la morne journée et la perspective d’un triste lendemain, je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où l’avais laissé s’amollir un morceau de madeleine. Mais à l’instant même où la gorgée mêlée des miettes du gâteau toucha mon palais, je tressaillis, attentif à ce qui se passait d’extraordinaire en moi. Un plaisir délicieux m’avait envahi, isolé, sans la notion de sa cause. Il m’avait aussitôt rendu les vicissitudes de la vie indifférentes, ses désastres inoffensifs, sa brièveté illusoire, de la même façon qu’opère l’amour, en me remplissant d’une essence précieuse : ou plutôt cette essence n’était pas en moi, elle était moi. J’avais cessé de me sentir médiocre, contingent, mortel. D’où avait pu me venir cette puissante joie ? Je sentais qu’elle était liée au goût du thé et du gâteau, mais qu’elle le dépassait infiniment, ne devait pas être de même nature. D’où venait-elle ? Que signifiait-elle ? Où l’appréhender?».

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido | Volumen I Por la parte de Swann:

«Mi madre mandó por uno de esos bollos, cortos y rechonchos, que llaman madalenas, que parecen haber sido moldeados en la concha acanalada de una vieira. Y en seguida, sin pensar, agobiado por el día monótono y la perspectiva de otro día triste por venir, me llevé a los labios una cucharada de té donde se había ablandado un trozo de madalena. En el mismo momento en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, pendiente de algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin que supiera qué lo causaba. De repente había hecho que las vicisitudes de la vida me fueran indiferentes, sus desastres inofensivos, su brevedad ilusoria, obrando como lo hiciera el amor, llenándome de una esencia preciosa, o más bien esa esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido llegar aquella alegría tan fuerte? Sentía que estaba unida al sabor de té y del bollo, pero que lo superaba infinitamente, que no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde capturarla?»

Este es el primero de esos momentos y aparece al principio de la obra. Más adelante habrá otros, y en el último tomo, Proust explica su naturaleza y las consecuencias que tuvieron en su vida.

Marcel Proust. À la recherche du temps perdu | Tome VII Le temps retrouvé:

«Or, cette cause, je la devinais en comparant entre elles ces diverses impressions bienheureuses et qui avaient entre elles ceci de commun que je les éprouvais à la fois dans le moment actuel et dans un moment éloigné où le bruit de la cuiller sur l’assiette, l’inégalité des dalles, le goût de la madeleine allaient jusqu’à faire empiéter le passé sur le présent, à me faire hésiter à savoir dans lequel des deux je me trouvais ; au vrai, l’être qui alors goûtait en moi cette impression la goûtait en ce qu’elle avait de commun dans un jour ancien et maintenant, dans ce qu’elle avait d’extra-temporel, un être qui n’apparaissait que quand, par une de ces identités entre le présent et le passé, il pouvait se trouver dans le seul milieu où il pût vivre, jouir de l’essence des choses, c’est-à-dire en dehors du temps. Cela expliquait que mes inquiétudes au sujet de ma mort eussent cessé au moment où j’avais reconnu, inconsciemment, le goût de la petite madeleine, puisqu’à ce moment-là l’être que j’avais été était un être extra-temporel, par conséquent insoucieux des vicissitudes de l’avenir. Cet être-là n’était jamais venu à moi, ne s’était jamais manifesté qu’en dehors de l’action, de la jouissance immédiate, chaque fois que le miracle d’une analogie m’avait fait échapper au présent. Seul il avait le pouvoir de me faire retrouver les jours anciens, le Temps Perdu, devant quoi les efforts de ma mémoire et mon intelligence échouaient toujours».

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido | Volumen VII El tiempo recobrado:

«Ahora bien, adivinaba la causa comparando aquellas diversas impresiones felices que tenían en común que las sentía a la vez en el momento actual y en un momento lejano donde el ruido de la cuchara sobre el plato, la desigualdad de las losas, el sabor de la madalena hacían que el pasado invadiera el presente y me hacía dudar en cuál de los dos me encontraba; en realidad, el ser que entonces saboreaba en mí aquella impresión, saboreaba en ella lo que era común a un día antiguo y al presente, lo que tenía de extra­-temporal, y ese ser sólo aparecía cuando, gracias a una de aquellas identidades entre el presente y el pasado, podía encontrarse en el único medio donde podía vivir, gozar de la esencia de las cosas, es decir fuera del tiempo. Eso explicaba la desaparición de mis inquietudes acerca de la muerte en el momento en que había reconocido, inconscientemente, el sabor de la madalena, ya que en ese momento, el ser que yo había sido era un ser extra-temporal, por tanto despreocupado de las vicisitudes del porvenir. Ese ser sólo se había acercado a mí, sólo se había manifestado, fuera de la acción, del goce inmediato, cada vez que el milagro de una analogía me había permitido escapar del  presente. Sólo él tenía el poder de hacerme recobrar los días antiguos, el Tiempo Perdido, ante lo cual los esfuerzos de mi memoria y de mi inteligencia fracasaban siempre».

Lo que Proust había revivido era mucho más que un momento del pasado, era «un poco de tiempo en estado puro» y que el ser que había renacido en él «sólo se nutre de la esencia de las cosas». Comprendió que había saboreado «fragmentos de existencia sustraídos al tiempo» y que el placer que había sentido «era el único fecundo y verdadero ». Supo que ya podía emprender la obra de arte que había aplazado durante tanto tiempo porque no había podido alcanzar la realidad oculta en el fondo de sí mismo.

Marcel Proust. À la recherche du temps perdu | Tome VII Le temps retrouvé :

«[…] il fallait tâcher d’interpréter les sensations comme les signes d’autant de lois et d’idées, en essayant de penser, c’est-à-dire de faire sortir de la pénombre ce que j’avais senti, de le convertir en un équivalent spirituel. Or, ce moyen qui me paraissait le seul, qu’était-ce autre chose que faire une œuvre d’art?

Quant au livre intérieur de signes inconnus […], pour sa lecture personne ne pouvait m’aider d’aucune règle, cette lecture consistant en un acte de création où nul ne peut nous suppléer, ni même collaborer avec nous. Aussi combien se détournent de l’écrire.

[…] les excuses ne figurent point dans l’art, les intentions n’y sont pas comptées, à tout moment l’artiste doit écouter son instinct, ce qui fait que l’art est ce qu’il y a de plus réel, la plus austère école de la vie, et le vrai Jugement dernier.

[…] pour exprimer ces impressions, pour écrire ce livre essentiel, le seul livre vrai, un grand écrivain n’a pas, dans le sens courant, à l’inventer puisqu’il existe déjà en chacun de nous, mais à le traduire. Le devoir et la tâche d’un  écrivain sont ceux d’un traducteur».

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido | Volumen VII El tiempo recobrado:

« […] había que procurar interpretar las sensaciones como los signos de leyes y de ideas, intentando pensar, es decir, hacer salir de la penumbra lo que había sentido, convertirlo en un equivalente espiritual. Ahora, el único medio de hacerlo, ¿qué era sino hacer una obra de arte?

En cuanto al libro interior de signos desconocidos […] nadie podía ayudarme a leerlo con regla alguna, ya que esta lectura consistía en un acto de creación en el que nadie puede sustituirnos, ni siquiera colaborar con nosotros. Por eso, ¡cuántos evitan escribirlo!

[…] las excusas no existen en el arte, pues en el arte no cuentan las intenciones, el artista debe escuchar en todo momento su instinto, por lo que el arte es lo más real que existe, la más austera escuela de la vida, y el verdadero Juicio Final.

[…] para expresar esas impresiones, para escribir ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente porque ya existe en cada uno de nosotros, sólo tiene que traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor».

Así fue cómo, a partir del momento que entendió el sentido de esas sensaciones, se puso a escribir su gran obra que terminó poco antes de su muerte, a la edad de tan solo 51 años, en 1922. No puedo evitar pensar en Dickens, que había empezado a escribir desde la temprana juventud pero no tuvo la suerte de poder terminar su última obra y también dejó este mundo demasiado temprano, a la edad de 58 años, en 1870. Ambos siguen iluminando este mundo de tinieblas.

Para terminar con una nota más ligera diré que una vez tuve una experiencia que se le parecía a la «madalena». Al oler una glicinia estuve transportada de una manera fulgurante a un momento de mi infancia feliz, en la casa de mis abuelos donde había una glicinia que corría a lo largo de toda la fachada y era para mí una gran fuente de placer. Fue una impresión muy fuerte tal como la cuenta Proust, una sensación global de revivir el pasado en su plenitud y me causó la misma felicidad. ¡Pero «no pudo dar lugar a la creación», ya que«no podía crear fuerzas y hacer de mí la escritora que no era», como dice el escritor de su personaje Swann! No obstante, fue algo extraordinario y estremecedor, diferente a todo, ¡extremadamente gratificante!

Aquí estoy, en brazos de mi abuela, delante de su casa, con la glicinia colgando de la fachada.

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